
Hasta hace tan solo unas décadas los tordos o mirlos eran esquivos por estas tierras. Temerosos de las escopetas de balines de los jovenzuelos, que los acechaban al pie de los laureles de cuyos frutos se alimentaban en invierno, los pocos que había en el municipio apenas se dejaban ver.
Hoy en día recorren confiados parques y jardines, en los que con admirable destreza se procuran de lombrices y bayas a escasos metros de nuestras curiosas miradas. Incluso los encontramos ya en el mismo barrio de la Marina, sorteando los coches y nidificando en los ciruelos ornamentales que adornan muchas de sus calles.
Y como cantan los condenados. Desde muy temprana primavera, incluso en invierno, si el tiempo es apacible, y en busca de torda que los calme, entonan desde lo alto de una rama su interminable repertorio.

Resulta agradable escuchar la gran variedad de trinos y gorjeos con los que nos agasaja desde su atalaya, aunque más de uno les reprochará esa impaciencia y poca querencia al sueño que le lleva con frecuencia a iniciar sus serenatas a altas horas de la madrugada.
