HONDARRIBIA - MIRADAS

Fumar a veces te puede salvar la vida

El pasado domingo salía del agua un buceador de la trasera del puerto refugio de Hondarribia con ciertos apuros por coincidir el momento que lo hacía con varias olas que rompían con fuerza.

En el aparcamiento, un grupo de franceses, que apenas habían observado la mar durante un par de minutos en los que casualmente parecía estar en calma, se embutían sus trajes de neopreno y se ataviaban con las botellas, reguladores, manómetros y el resto del equipo para ir al agua. Desde los coches no se ve la mar por lo que desconocían su verdadero estado. Les alerté de la situación pero se limitaron a decir que andarían con cuidado. No me quedé a ver sus peripecias.

Me vinieron a la memoria nuestras escapadas para ir a coger lampernas. Para que no nos traicionara nuestra impaciencia teníamos por costumbre sentarnos en una roca a echar un cigarrillo mientras decidíamos por qué agujeros nos íbamos a meter. Al mismo tiempo observábamos el estado de la mar, ya que con frecuencia aunque parezca que no hay peligro, cada pocos minutos llega un frente con dos o tres olas mucho mayores que el resto, que si te pillan metido en faena y no las ves te pueden dar un buen susto.

Esos minutos eran muy importantes ya que según golpeaban esas olas decidíamos las rocas, grietas y sifones a los que accederíamos para evitar situaciones peligrosas, que ya habíamos vivido en anteriores ocasiones, pero afortunadamente habíamos sorteado con apenas algún susto y unos cuantos rasguños.

Otra experiencia roquera que afortunadamente podemos contar es la de colarnos en un agujero desde el que luego no había forma de salir ya que el muy cabrón parecía haberse estrechado. Al final probando mil posturas que emulaban al gran Houdini y sufriendo algunos rasponazos conseguíamos ver la luz. Hay por aquí un dicho entre los lamperneros que cuenta que si te fumas un cigarrillo cuando no tienes forma de volver por el hueco por el que entraste conseguirás hacerlo. Aunque fumar a veces relaja, la verdad es que siempre me ha parecido un poco absurda esa afirmación, ya que nadie se mete al agua con el tabaco y mechero en el bolsillo, y maldita las ganas que tiene uno de perder tiempo fumando en esa tesitura.

A un amigo cuando era jovenzuelo lo solían introducir en los agujeros más insospechados para poder acceder a las soñadas e inalcanzables lampernas de gran tamaño, vedadas para el resto de los mortales. Hasta que un día, tras la ‘cosecha’, no tenían manera de sacarlo, ni siquiera poniéndose del revés y estirando de sus piernas, por lo que su padre apurado tuvo que correr monte arriba hasta alcanzar el coche y hacerse con un martillo, cincel y porra con los que se lió a mamporros con la tozuda roca para agrandar el agujero y poder liberar al chaval antes de que subiera la marea.