
La primera vez que vi postales antiguas de Hondarribia me produjo una fuerte impresión. Fue en París, en el Mercado de las Pulgas a principios de los años 80. Lo que más me impactó fue la sensación de que me parecía poder vivir dentro de aquellas imágenes, pasearme por las calles y comunicarme con los que las protagonizaban, como si yo también formara parte de la escena.

Algo así como lo que quiso contagiar a sus alumnos Robin Williams en la película ‘El Club de los Poetas Muertos’, mientras contemplaban las fotos que colgaban en la pared del pasillo de los primeros graduados en aquella universidad. El famoso Carpe diem, fue muy fuerte…
Me gasté en postales buena parte de las cuatro perras que había llevado para sobrevivir unos días, y la última noche me la tuve que pasar durmiendo en un banco, cerca de la Torre Eiffel. No era el único que pernoctaba bajo las estrellas, y a buen seguro que los demás no lo hacían por haber comprado postales, pero me daba igual, era joven, no me preocupaban mis vecinos, y estaba emocionado con lo que había encontrado.

Apenas llegué a coleccionar unos cientos de las más de tres mil que se publicaron a principios del siglo XX, pero luego se pusieron de moda y afortunadamente hay grandes coleccionistas en la comarca, por lo que con los años hemos visto casi todas.
Con el tiempo se fue esfumando aquella impresión inicial y hoy en día uno se limita a seguir buscando y rebuscando periodicamente en publicaciones y portales especializados en internet alguna fotografía que no haya visto antes.
Probablemente no es tan solo una postal nueva lo que de verdad buscamos, sino una imagen, que en cuanto la miremos nos entre un escalofrío en todo el cuerpo y se dibuje una sonrisa en nuestro rostro, porque por fin hemos conseguido evocar aquella sensación que vivimos hace ya muchos años y dábamos por perdida.
