
Una de las pocas plantas silvestres que conocemos casi todos. Crece en abundancia y durante buena parte del año en praderas, al borde de caminos, jardines, e incluso a veces en nuestras macetas.

Quién no ha soplado de niño, y no tan niño, sobre la esfera de vilanos que forman cuando fructifican, para contemplar cómo dispersa el viento sus semillas. Hace años las recogíamos antes de que se abrieran para alegrar el día a jilgueros y tarines que teníamos enjaulados ya que disfrutaban y mucho comiéndolas. De críos algunos tuvimos la curiosidad de probar ese líquido lechoso que aparecía al cortar su tallo hueco. Ahora leemos que ese desagradable amargor que produce es un estimulante del apetito, aunque cuesta creerlo.

Desde hace siglos se utiliza en medicina por sus propiedades diuréticas, sanadoras hepáticas y digestivas, pero CUIDADO ya que interacciona con otros medicamentos, por lo que no es recomendable que experimentemos por nuestra cuenta.
Con frecuencia también se mencionan las propiedades nutritivas de sus hojas, que dicen que pueden tomarse crudas, en ensalada o cocidas. No me extrañaría que pronto formará parte de algunos de estos preparados de ensalada embolsada a los que nos vamos aficionando. Tras escribir estas líneas la he probado, pero no resulta nada agradable al paladar.
