
Su graznido nos recuerda a nuestras primeras escapadas a los Pirineos. Alli nos despertaban con su inconfundible algarabía mañanera mientras rondaban las tiendas en las que dormíamos en busca de algún resto de la cena. En aquella época, eran los años ochenta, por aquí no residían.
Al igual que a otros córvidos les va bien y han expandido sus territorios. Son inteligentes, comen casi cualquier cosa, y desde que duerme la pólvora se sienten seguros y confiados. Son madrugadores y al igual que lo hacen txantxangorris y mirlos, que también parecen haberse caído de la rama, son las primeras en darnos los buenos días en nuestros paseos matutinos.
Es habitual ver a las cornejas en los prados, junto al ganado en cuyas heces encuentran escarabajos y otros manjares de los que dan buena cuenta. Al contrario de lo que hace su primo mayor, el cuervo, con el que la confunden con frecuencia y de carácter más solitario, las cornejas se organizan en grupos familiares.
Al principio se veían tan solo por Jaizkibel, en su ladera norte, pero hoy en día las encontraremos de buena mañana incluso en zonas residenciales, oteando desde las copas de los grandes árboles dónde procurarse su desayuno.
Aunque a nosotros nos parecen simples graznidos, estridentes e incluso molestos a veces, la Universidad de León está llevando a cabo un estudio para intentar descifrar su significado, ya que se ha descubierto que emiten más de 150 sonidos diferentes, un número muy superior incluso al de nuestros parientes más cercanos, los primates. Algún día no muy lejano, con un poco de paciencia y ayuda de la IA, se conocerá con cierto detalle qué es lo que se cuentan entre ellas.
