
¡Zanahorias! solía exclamar Bugs Bunny. Pues ese es el secreto que esconden bajo tierra estas plantas de floración tardía que encontraremos por todas partes en verano. Las veremos sobre todo durante los meses de julio y agosto, junto a los caminos, terrenos baldíos, linderos, campos y praderas.
Son la madre de las zanahorias que conocemos, y como ha ocurrido con todas las especies de hortalizas que consumimos, un minucioso proceso de selección, mutaciones y cruces llevado a cabo durante siglos ha dado lugar al tubérculo que hoy en día consumimos. Según parece los primeros registros de su cultivo, o ‘domesticación’ se remontan a más de 3.000 años en lo que hoy en día es Afganistán, y sus variedades de color anaranjado, que son las que actualmente conocemos, no se obtuvieron hasta el siglo XVI, en Holanda.
Pero no os hagáis ilusiones si esperáis descubrir en estas plantas silvestres alguna excelencia gastronómica. No siempre el producto local y de cultivo biológico triunfa. Al tratarse de una planta bienal, cuando las vemos ya han utilizado sus generosas raíces para desarrollarse y florecer, por lo que si las arrancamos tan solo encontraremos una delgada raíz dura, casi leñosa, que tan solo el aroma que desprende al romperla nos evocará a la conocida hortaliza.

Es fácil de identificar la planta por su porte, llegando a alcanzar un metro, aunque la mayoría de los ejemplares que encontraremos son algo menores. Pero sobre todo la reconoceremos por sus flores blancas que se arraciman en forma de umbrelas. En el centro de algunas de ellas nos sorprenderá encontrar una flor de mayor tamaño y de color oscuro, cuya función es la de atraer a los insectos para facilitar su polinización.
