
Un derrumbe en la parte inferior de los flancos del Baluarte de Leiva dejó al descubierto su túnel de contramina. Probablemente se encuentra en ese estado desde que los franceses intentaron volar las murallas tras la ocupación de la plaza, o bien después de la guerra de la Cuádruple Alianza (1719) o más probablemente tras la Guerra de la Convección (1794).
Ya a principios del siglo XX se mencionan estos túneles y se propone su adecuación para promocionar el creciente turismo de aquella época, aunque la propuesta no tuvo recorrido.
Una de las bocas se abre al antiguo Belén Viviente, al pié de la urbanización Revellín, la otra la encontraremos en el otro extremo del baluarte, bajo el Puente da San Nicolas. Se trata de un túnel abovedado que recorre su base.

La función de estos túneles era la de proteger el baluarte de su voladura. En aquella época la mejor manera de conquistar una plaza consistía en abrir una brecha en sus murallas para que pudieran entrar las tropas de asedio. Esto se conseguía o bien a cañonazos, o cavando un largo túnel para poder dinamitar el pie de la muralla. Era un trabajo arduo y costoso con los medios que entonces disponían, a la vez que peligroso por los derrumbes, pero efectivo. No había que arriesgar vidas en asaltos infructuosos y se reducían los gastos en armamento, que siempre ha sido caro.
Por eso las murallas se diseñaban y construían para evitar estos ataques, siendo de gran efectividad estos pasadizos que servían para detectar las galerías de los sitiadores y neutralizarlas. Desde los túneles de contramina, con oido fino y algunos métodos caseros se podía localizar la posición de los que estaban cavando los atacantes, para a su vez cavar nuevos túneles por debajo de éstos y volarlos, antes de que éstos pudieran alcanzar el pié de la muralla.
