
Recuerdo que a principios de los años 80, aprovechando las mareas vivas, que tienen lugar con la luna llena, nos reuníamos en la isla que se formaba en mitad de la bahía, decenas de personas, a veces más de cien, con las lauhortzikuas (rastrillos) a rascar aquel pedregal para obtener nuestro pequeño botín de preciadas almejas.
Veíamos como algunos recorrían los alrededores con ojo de lince, y mucha destreza, para poder adivinar entre la infinidad de orificios que surgían del fango cuales correspondían a los sifones de estos moluscos. Con una habilidad asombrosa, tras localizarlas, haciendo uso de una cuchara, que ni Uri Geler sería capaz de doblar, escarbaban fango y piedras hasta dar con ella.
Otro pequeño grupo, también avezados en estas lides, se introducían en el agua, protegidos con altas botas como las que utilizan los pescadores de caña en los ríos, pertrechados con sofisticadas palas que terminaban en una rejilla que hacía de criba. Cavaban el fondo pedregoso con no poco esfuerzo, para después lavar en la criba de la pala, o en un cedazo, el contenido de piedras y fango que extraian.

El resto también nos afanábamos y deslomábamos durante horas arando aquel pedregal para llevarnos nuestra parte del botín. Había quien tras comenzar a cavar avanzaba durante metros en su labor sin apenas desplazarse, y los más inquietos, que tras unos pocos minutos de trabajo sin recompensa iban probando suerte en otros rincones de la isla.
Para poder llegar los primeros, algunos se desplazaban al islote en pequeños botes, desembarcando en cuanto comenzaba a emerger. Otros cruzábamos el canal a pie, confiando en que no cubriera demasiado, con el cubo y la ropa en la cabeza. La mayoría no tenían tanta prisa y esperaban a la bajamar para cruzar. Había sitio para todos, y si nos llevábamos a casa un kilito del preciado molusco nos dábamos por satisfechos. Los mas diestros con sus elaborados artilugios podían duplicar o triplicar las capturas. Las que cogíamos nosotros a primeros de septiembre solíamos venderlas en la Hermandad, creo que a unas 200 pesetas el kilo, y nos sacábamos unos buenos duros, para las fiestas del pueblo.

La isla era generosa, ya que tras darle un buen repaso durante los cuatro o cinco días que duraban las mareas vivas, en la siguiente luna volvía a dar su fruto. El crecimiento de este molusco es lento, por lo que se supone que otras almejas de aguas más profundas, se desplazaban a las islas, o bien con las corrientes, o mediante pequeños saltos que pueden realizar expulsando el agua bruscamente por sus sifones.
Hoy en día, a pesar de las estrictas vedas y restricciones que se han llevado a cabo durante años, escasean las almejas, por motivos que, aunque cada cual tiene su teoría, se desconocen.
