HONDARRIBIA - MIRADAS

Miradas curiosas en la zona intermareal de la playa de Hondarribia

Durante los meses de verano miradas curiosas escudriñan el muro de la playa de Hondarribia en busca de algún tesoro. Cuando baja la marea, algunos de los que han venido a la playa a tomar el sol, a pasearse por la refrescante orilla, o a pegarse un chapuzón, se acercan a la pared de la carretera para ver los moluscos y crustaceos que la tapizan. Pertrechados con salabardos y pequeños cubos, con suerte incluso atrapan algún cangrejillo despistado que hará las delicias de los críos.

Quién no recuerda el olor a salitre de la infancia. Cuando bajábamos a la bahía con nuestras sandalias de goma para protegernos de las afiladas ostras y volteábamos las piedras para descubrir los secretos que escondían. Pequeñas charcas de marea atrapaban durante algunas horas quisquillas y pececillos que capturábamos con nuestros pequeños salabardos.

¿Quienes son hoy en día los protagonistas de la pared de la playa?. Ostras, miles de ostras tapizan el muro, y quedan al descubierto durante unas horas en la bajamar. Son de la variedad Crassostrea gigas, en principio comestibles, aunque nadie se aventura a probarlas por miedo a coger una pirrilera. Tal vez manteniéndolas un par de días en depuración con agua más limpia… si alguien lo hace e incluso las disfruta que nos lo comunique, que la ciencia siempre necesita de nuevos voluntarios para avanzar.

Aprovechando los pocos espacios de la pared que no han sido invadidos por las ostras encontramos también algunas lapas (Patella vulgata). Esta especie también es comestible, pero no tiene apenas valor gastronómico, ya que su carne es dura y correosa. Nuestros antepasados, con menos remilgos las comían con frecuencia, como lo atestiguan los numerosos restos de conchas de este molusco que se encuentran en el suelo de los abrigos rocosos e incluso junto a los actuales caseríos cuando se hacen algunas catas.

Ostras, y en la parte inferior tres lapas y un pequeño grupo de balanos

El más abundante en número, que invade incluso las zonas más expuestas del muro, aquellas que apenas permanecen unas pocas horas sumergidas, son los balanos. Se tratan de pequeños crustáceos de la familia de los cirrípedos (familia a la que también pertenecen las lampernas o percebes). En las Azores y Canarias algunas especies, de considerable tamaño, se comen, aunque su carne es menos fina que la de los percebes, dicen los que los han probado. Los que aquí encontramos apenas tiene unos milímetros, por lo que ni para hacer sopa servirían.

Balanos, de apenas unos 2-3 mm

El protagonista y más esperado por los allí presentes es un cangrejillo, cuadrado y de color oscuro, rápido y escurridizo, del que apenas encontraremos unos pocos individuos jóvenes que al menor peligro se esconderán en alguna grieta. Se trata del cangrejo corredor o zapatero (Pachygrapsus marmoratus). Su nulo valor gastronómico es su principal baza, y motivo por el que todavía abunda en toda la costa hondarribitarra.