
A veces para menospreciar la lucidez de algun congénere solemos utilizar la frase… ‘tienes menos cerebro que un mosquito’.
La comparativa puede ser acertada, ya que los insectos tienen una percepción del entorno mucho mayor de la que nosotros suponemos, y de la que algunos de nosotros carecen.
Parecen volar azarosamente en busca de alimento, y con fortuna pareja, para terminar muchos de ellos en el buche de aves y reptiles que de ellos se alimentan, pero son mucho más conscientes de los peligros que les acechan de lo que pudiéramos pensar.
Lo comprobamos hace un par de años, en los prados del caserío de Lujunia. Era un domingo de primavera precioso, la hierba estaba alta y media docena de golondrinas la sobrevolaban para dar cuenta de moscas y mosquitos que también se buscaban la vida en tan frondoso vergel.
Maravillado ante tal espectáculo me introduje en el prado y levanté los brazos alabando las excelencias de la naturaleza, cuando de pronto una pequeña mosca, que intuía su fatal destino buscó cobijo en uno de mis oídos.
Lo que costó sacar al desdichado insecto que parecía haber alcanzado la trompa de Eustaquio en su empeño por refugiarse. Pasé un mal rato, pero peor parado salió el pobre del lance. Asi es la ciencia, cualquier nuevo conocimiento, aunque sea fruto del azar, requiere un pequeño sacrificio.
