
No parece que Victor Hugo visitó Hondarribia, aunque vió la ciudad en un par de ocasiones, probablemente desde Hendaya. La primera en su infancia, el año 1811, cuando viajaba con su madre y sus dos hermanos mayores con destino a Madrid para reencontrarse con su padre, general de las tropas de Napoleón. La silueta de la ciudad, iluminada por el sol de la mañana al fondo de la bahía le deja un hermoso recuerdo. Pero aquella imagen idílica se desvanece treinta años después cuando la contempla de nuevo, camino de San Sebastián. Tal vez fue la luz, tal vez la marea, o tal vez las sombras que a veces también visitan el alma de los grandes poetas.
En su recomendable obra ‘Voyage aux Pyrénées’ encontraremos la cita a la que aludimos:
“Fuenterrabía me había dejado una impresión luminosa. Había quedado en mi mente como la silueta de un pueblo de oro, con campanario agudo, al fondo de un golfo azul, en una extensión inmensa.
No la he vuelto a ver como lo vi. Fuenterrabía es un pueblo bastante bonito situado en una planicie con un paseo de árboles abajo y, al lado, el mar, y bastante cerca de Irún. Una media legua.”

Víctor Hugo llegó a San Sebastián el 28 de Julio de 1843, permaneciendo en Gipuzkoa hasta el 10 de agosto, fecha en la que partirá para Pamplona. Se alojó primero en Donosti, pero en una de sus excursiones mañaneras, tras recorrer el monte Ulía apareció casualmente en Pasajes y se quedo prendado, por lo que decidió alojarse alli durante su segunda semana. La residencia en la que habitó, y que describe con asombroso detalle en su obra, es ahora museo, y se conoce como la Casa de Víctor Hugo.
En el libro ‘Voyage aux Pyrénées’ dedica memorables páginas a Pasaia y sus alrededores. Si alguien tiene la curiosidad de leerla adjuntamos un enlace en el que podréis descargarla completa… https://www.dec…los-pirineos-victor-hugo.pdf

Fragmento de esta obra:
El 27 de julio de 1843, a las diez y media de la mañana, es cuando, en el momento de entrar en España, entre Bidart y San Juan de Luz, en la puerta de una pobre posada, he vuelto a ver una vieja carreta de bueyes española.
Quiero decir la pequeña carreta de Vizcaya, de dos bueyes y dos ruedas macizas que giran con el eje y que hacen un ruido espantoso que se oye a una legua en la montaña.

No sonriáis, amigo mío, por el tierno cuidado con el que tomo nota tan minuciosamente de este recuerdo. ¡Si supierais cuán cautivador es para mí ese ruido, horrible para todo el mundo! Me recuerda unos años benditos.
Era muy pequeño cuando crucé estas montañas y lo oí por primera vez. El otro día, tan pronto como llegó a mi oído, sólo de oírlo, me sentí súbitamente rejuvenecido, me pareció que toda mi infancia revivía en mí.
No podría deciros por qué extraño y sobrenatural efecto mi memoria estaba fresca como un alba de abril, me acordaba de todo a la vez; los menores detalles de esta época feliz se me aparecían nítidos, luminosos, como alumbrados por el sol naciente. A medida que la carreta de bueyes se aproximaba con su música salvaje, volvía a ver con claridad ese arrebatador pasado y me parecía que entre ese pasado y hoy no había nada.
Era ayer. ¡Oh! ¡Aquel hermoso tiempo! ¡Dulces y radiantes años! Era niño, era pequeño, era amado. No tenía experiencia, y tenía a mi madre.
A mi alrededor los viajeros se tapaban los oídos; yo tenía el corazón embelesado. Jamás un coro de Weber, jamás una sinfonía de Beethoven, jamás una melodía de Mozart ha hecho nacer en un alma todo lo que despertaba en mí de angélico y de inefable el chirrido furioso de esas dos ruedas mal engrasadas en un camino mal empedrado.
La carreta se había alejado, el ruido se había debilitado poco a poco, y a medida que se apagaba en la montaña, la resplandeciente aparición de mi infancia se apagaba en mi mente; después, todo se ha descolorido y, cuando la última nota de ese canto armonioso sólo para mí se ha desvanecido en la distancia, he sentido que caía bruscamente en la realidad, en el presente, en la vida, en la noche.
¡Bendito sea el pobre boyero desconocido que ha tenido el poder misterioso de hacer resplandecer mi pensamiento y que, sin saberlo, ha producido esta mágica evocación en mi alma! ¡Que el cielo esté con el caminante que regocija con una claridad inesperada el oscuro espíritu del soñador!
Amigo mío, eso ha llenado mi corazón. Hoy ya no os escribiré nada más.
