
Este abedul, que parece siempre mirarnos enfadado, apostado cuán centinela en las cercanías del Fuerte de Guadalupe, es uno de los muchos ejemplares que crecen en los alrededores de la ermita.
Durante los últimos años se ha tomado por costumbre plantar un árbol por cada nuevo nacimiento en el municipio de Hondarribia, siendo el abedul una de las especies elegidas para la nueva reforestación, por lo que cada vez los veremos con más frecuencia en nuestros recorridos campestres. También encontraremos algunos ejemplares adornando los paseos y jardines de la ciudad.

Recuerdo que durante la segunda mitad del siglo XX los árboles brillaban por su ausencia en buena parte de la ladera sur del monte Jaizkibel. Destacaba en el paisaje, no lejos de la ermita de Guadalupe un pequeño bosque de viejos castaños que denominábamos ‘la V’ por su forma. En la falda del monte, junto a los últimos caseríos podíamos también encontrar pequeñas plantaciones de coníferas. El resto de la montaña estaba cubierta de pastizales y helechales, que la vestían en otoño con un manto de color ocre.
Se decidió repoblar Jaizkibel con especies caducifolias para evitar futuros incendios. Por estas tierras los más devastadores tienen lugar durante el otoño y en invierno, los días de viento sur, en los que resulta imposible controlarlos, y arrasan con los pinares.
Para evitarlo se plantaron mayormente castaños, pero también se reforestó con otras especies de árboles caducifolios. Entre ellos algún bosquecillo de abedules como el de la foto, que encontraremos junto al camino forestal por el que transcurre el Camino de Santiago.

Su corteza de color blanco lo hace inconfundible, siendo muy apreciada en la antigüedad además de por sus propiedades medicinales, para la fabricación de pergaminos. Con la edad esa corteza se agrieta y oscurece, creando dibujos en su tronco que a menudo semejan ojos.

