
Chirrik! charrak! Chirrik! charrak!… Entre el murmullo de las cuadrillas que frecuentan la petrilla del Paseo Butrón y las olas que baten sobre la orilla de su pequeña playa de arenas y guijarros, nos sorprendera a mediados del verano la estridencia de los reclamos de los primeros charranes que nos visitan, que a pesar de ser cuatro y sin tambor se escuchan en toda la bahía.
Probablemente se traten de ejemplares de la cercana colonia de patinegros que se reproducen en los arenales de la desembocadura del Garona (Francia). Comienza su odisea migratoria y han escogido la Bahía de Txingudi para repostar.
A finales del verano, y sobre todo durante el otoño, veremos con frecuencia pequeños grupos de charranes comunes y patinegros patrullando por la bahia. Sus inconfundibles reclamos los delatan.
Es un espectáculo verlos pescar, sobre todo el charrán patinegro que se lanza desde mayor altura. En cuanto avistan cerca de la superficie un banco de pequeños peces, detienen su, en apariencia errático vuelo, y se lanzan en picado para zambullirse. Si hubo fortuna aparecerán con un pececillo en el pico que engullirán mientras remontan el vuelo.

Los fuertes temporales que azotan en otoño el Mar Cantábrico también obligan a buscar refugio en la bahía a otras especies de la familia, como son el charrancito y esporádicamente el rey de los viajeros, el charran ártico. Son grandes migradores, pero no suelen alejarse mucho de la costa, buscando lugares protegidos para pescar cuando les resulta imposible hacerlo en mar abierto.
