
Cuando éramos críos, allá por los años 70, recuerdo que en la playa de Hondarribia había cientos, miles de conchas de este molusco, el más grande de la familia de los berberechos. Incluso las encontrábamos a veces con sus dos valvas todavía unidas por esa bisagra natural que les permite abrir y cerrarlas.
Algunas eran grandes, muy grandes. Hasta 8-9 cm pueden alcanzar algunos ejemplares. Con un poco de imaginación y otro poco de cola solíamos crear figuras que semejaban burros o búhos.
Hoy en día son contadas las que podemos encontrar en la orilla de la playa de Hondarribia. En la cercana playa de Ondarraitz, más abierta al mar, aunque tampoco abundan, durante la bajamar todavía veremos algunas conchas de esta especie, y las de otras especies de moluscos que viven en los arenales de la bahía, como son las navajas, berberechos y almejas.
Curiosamente de las pocas que vimos en la playa de Hondarribia durante los últimos años, la mayoría pertenecían a un cercano pariente de esta especie, la acanthocardia aculeata, que se caracteriza por disponer de espinas que la protegen de sus predadores. Se trataban de pequeños ejemplares que apenas superaban los 2 cm.

En la vecina playa de Ondarraitz (Hendaye), cuando azotan los fuertes temporales de invierno, aunque resulta excepcional, alguna vez hemos visto incluso ejemplares vivos. Las enormes olas los habían desenterrado y arrastrado hasta la orilla, por lo que con gran esfuerzo intentaban regresar de nuevo al mar con la ayuda de su ‘pie’, un apéndice de color rojizo que les permite desplazarse por la arena y volver a enterrarse.

Corruco llaman a este molusco en Andalucía, donde los comen, aunque apenas tiene valor gastronómico. También se venden a las conserveras donde se envasan y se comercializan con la denominación de langostillos.
