
Estamos en noviembre. La naturaleza comienza su letargo invernal, pero curiosamente para algunas plantas es el momento de florecer y cumplir con su ciclo vital, como ocurre con los colchicos.
De sus bulbos, que permanecen ocultos bajo tierra, emerge una preciosa flor de color lila rosacea, muy similar a la del azafran. Miles de ellas tapizan las praderas de la cresta del monte Jaizkibel. Son prados rasos y bien abonados, ya que allí pastan durante todo el año caballos y ovejas, lo que favorece su crecimiento.

Pero atención con esta planta, ya que aunque posee importantes propiedades medicinales, su ingesta es extremadamente tóxica. De sus bulbos y semillas se extrae la colchicina, utilizada para enfermedades inflamatorias, como la pericarditis, la prevención y tratamiento de los ataques de gota, y la fiebre mediterránea familiar, pero su consumo puede producir diarreas, vómitos y debilidad neuromuscular, pudiendo llegar a ser mortal.
